El lamento de Dor-lómin

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dones…

dones

Dita en voz baja

Mi mano en el heno de tu pecho envejecido
recoge paja
para hacernos un nido

* * * * *

Pero Albert la detiene:

Su mano suave en el heno de mi pecho. Sobre su mano
mi mano arrugada. Ella con mi soledad. Yo con su soledad.
En el porche. De pie. El mar quita el mar
da. Una fina silueta y una pequeña sombra. Una sombra
arrepentida. Se gira. Huye. El mar da el mar
quita.

Amos Oz

De “El mismo mar”
Versión de Raquel García Lozano

 


mareas…

mareas

Paseo a la luz de la luna (poema original)

Nademos hasta la luna,
subamos a través de la marea
penetremos la noche,
en que la ciudad duerme para ocultarse
nademos esta noche, amor ;
es nuestra ocasion de intentarlo,
aparcados junto al oceano,
en nuestro paseo a la luz de la luna.

Nademos hasta la luna,
subamos a través de la marea,
rindámonos a los mundos expectantes,
que lamen nuestro costado.
No queda nada pendiente
y no hay tiempo para decidir
nos hemos metido en un río,
en nuestro viaje a la luz de la luna.

Nademos hasta la luna,
subamos a través de la marea,
tu extiendes tu mano para cogerme,
pero yo no puedo ser tu guía
es fácil amarte, cuándo te miro volar,
cayendo entre húmedos bosques
en nuestro paseo a la luz de la luna.

Jim Morrison

 

 


amantes…

amantes

Toma mi mano…

Toma mi mano,
hazme sentir que estás cerca
en la novedad de esta hora
en que mi mano es nueva en tu mano,
y es mi mano porque tú la tomas
y mi pecho ha quedado silencioso como ella, anhelante,
en el banco arrobado, suspendido por todas las estrellas.

Fina García Marruz

 


musas…

musas

El poeta aguarda, impaciente, la llegada de alguna musa

(Estudio de escritor. Mesa de gran tamaño. Estanterías llenas de libros.
Puerta al fondo entreabierta. El personaje camina de un lado a otro del escenario.)

Que alguien recomponga los jarrones
rebosantes de rosas.
Necesito más luz
sobre el brazo desnudo que ahora escribe.
Los libros, que se vean desde todos los ángulos.
Unas hojas tiradas por el suelo pueden
crear ambiente.
Si es posible,
que caiga por completo la noche.
Una luna entre nubes
podría sugerir un halo de misterio.
En la calle
que parezca que la lluvia ha caído.

Ella entrará por la puerta del fondo.
Traerá el cabello húmedo -podría haber un fuego
donde secarlo lenta, muy lentamente-.
No hablará.
No hablaré.
El silencio es lo más apropiado.
No elevaré los ojos para verla
hasta pasado un rato.

Ella irá hacia las rosas con aire ensimismado
y mirará la luna caminar por mi cielo.

Necesito más luz sobre mi mano.
Necesito más luz sobre las rosas
y un fuego y una luna y un cielo
antes de que ella llegue.

Y que haya llovido.

Irene Sánchez Carrón

 


rubores…

rubores Casi obsceno

Si quisieras oír lo que me digo en la almohada
el rubor de tu rostro sería la recompensa
Son palabras tan íntimas como mi propia carne
que padece el dolor de tu implacable recuerdo

Te cuento    ¿Sí?    ¿No te vengarás un día?    Me digo:
Besaría esa boca lentamente hasta volverla roja
Y en tu sexo el milagro de una mano que baja
en el momento más inesperado y como por azar
lo toca con ese fervor que inspira lo sagrado

No soy malvado Trato de enamorarte
Intento ser sincero con lo enfermo que estoy
y entrar en el maleficio de tu cuerpo
como un río que teme al mar pero siempre muere en él

Raúl Gómez Jattin

 


ánimas…

alma.jpgAlma desnuda

Soy un alma desnuda en estos versos,
Alma desnuda que angustiada y sola
Va dejando sus pétalos dispersos.

Alma que puede ser una amapola,
Que puede ser un lirio, una violeta,
Un peñasco, una selva y una ola.

Alma que como el viento vaga inquieta
Y ruge cuando está sobre los mares,
Y duerme dulcemente en una grieta.

Alma que adora sobre sus altares,
Dioses que no se bajan a cegarla;
Alma que no conoce valladares.

Alma que fuera fácil dominarla
Con sólo un corazón que se partiera
Para en su sangre cálida regarla.

Alma que cuando está en la primavera
Dice al invierno que demora: vuelve,
Caiga tu nieve sobre la pradera.

Alma que cuando nieva se disuelve
En tristezas, clamando por las rosas
con que la primavera nos envuelve.

Alma que a ratos suelta mariposas
A campo abierto, sin fijar distancia,
Y les dice: libad sobre las cosas.

Alma que ha de morir de una fragancia
De un suspiro, de un verso en que se ruega,
Sin perder, a poderlo, su elegancia.

Alma que nada sabe y todo niega
Y negando lo bueno el bien propicia
Porque es negando como más se entrega.

Alma que suele haber como delicia
Palpar las almas, despreciar la huella,
Y sentir en la mano una caricia.

Alma que siempre disconforme de ella,
Como los vientos vaga, corre y gira;
Alma que sangra y sin cesar delira
Por ser el buque en marcha de la estrella.

Alfonsina Storni

 


impaciencias…

impaciencias.jpg

 

Detenida en el hueco de tu espacio…

Detenida en el hueco de tu espacio,
fácil a la impaciencia de tu mano,
en el juego incansable, agua y luz,
de la arena y la ola por la playa.

Encendida de ti, llama en tu fuego,
varada ya en tu orilla, puerto y ancla,
presintiendo las cifras de la resta,
mientras sumo otra vez amor y duda.

Otra vez a volar, redoble, vuelo.
A contra luz voltean las campanas
el alegre repique de esta tarde
en vuelo por el aire de tu torre.

Concha Lagos

 


1968-1991 Por ti voy vestida con embozos de grandes sábanas…

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La mano se hunde bajo su propio peso
en la oscuridad del reflejo roto,
vibrado,
ya perdido.
Y en la memoria del parpadeo queda el eco
de una almohada de pelo negro:
bruñido escudo de pensamientos fugitivos.

Yo te besaba en la palma hueca
y mis besos carecían de labios.

El agua se vuelve grito
cuando la caricia sobrevuela disoluciones
y los posos alquitranados componen,
descompuestos,
trozos de rasgos ya olvidados.
Detrás de la mano queda
la huella de viejas intenciones.
Sabores que sólo conocen los caminos de la vigilia.

Como una hoja caduca te he perdido el rastro.
Estás tan oculto entre las tapas de los libros…

Aquella señal dolida de tus titubeos me emociona:
una simple lazada en la zancadilla de la inconsciencia.
La cresta de minúsculas olas
borra lo que nunca fue
sino proyección de mi febril deseo de recuperarte,
poeta.

Llueve sobre tus párpados cerrados
con espuma de sonrisas ahora rotas.
Algunas fueron mías.
Y pestañeas dentro de la conjetura:
sigues siendo tú.

Por mi mano aún resbala tu mejilla.

El goteo de tu rostro sobre el firme me aquilata.
Engarzada en el espejo te observo, ubicua.
Mis ojos no te ven.

Ya no estoy aquí.
Pero no importa.

Ellos leían a Quino cuando yo te disfrazaba de números,
y, sobresaltada, te hacía cifra irreverente,
descubierta, que no prendida.
¡Cuántas veces yaciste, sin saberlo, con la trigonometría!

Y luego, entre el embozo de mi oreja
y la luz de una linterna,
cuánto bostezaste ya leído, ya sabido.
Siempre escoltado por versillos en los márgenes,
derramado entre los dedos que te subrayaban…
La risa de tus palabras mezcladas con mi hipo
y el dolor de las entrañas.
Una vez fui mujer, y tú, cómo no, lo supiste.

Y llegó el momento de encontrarnos.
En mí temblando la alegría de la ignorancia.
¡No saber que eras tú!
Te acercaste con tu taza de café en la mano sentida.
Yo te di unas galletas.
Sólo gracias.

Eras de carne.
Los poetas también meriendan.

Despacio, avanzando aún por caminos transitables
en los que mis pies te pisaban las huellas,
buscándote sin saberte,
encontrándote donde no te buscaba.
Y te rocé esos dedos ya pecosos.
Y no caí fulminada.
Jugando con la sangre
de la sangre de tus venas,
me perdía en espirales desgranadas:
conversaciones entre gatos y nubes.
La niña Susana.

Y me enseñaron tus fotos inéditas
ahogado por un mar de nietos.
Esta es tu hija. Esta, tu mujer.
También entonces conocí a mamí.
Qué rápido me hizo suya.

Sí, te he conocido.
Y tú has dicho mi nombre.

Descansa, viejo amigo.
Duérmete otra vez.

He vuelto la vista atrás
por si había algún camino a mi espalda.
Te ví en aquel charco callejero
mientras buscaba a la que me habita.

Los dos con la cara mojada.

Sigue siendo llanamente el gato
ese gato que siempre hubo
y que siempre estuvo en ti.

Buenas noches, Gerardo Diego.
Buenas noches, al fin.

Gatita de Mitxel    Elegía a un poeta amigo, 1991


crepusculos…

crepusculos.jpg

 

Atardecer de marzo

Atardecer de marzo
en la mar cenicienta.
El crepúsculo, lejos.
ya no se ve, se sueña.

Atardecer de marzo,
tú estás aquí, tan cierta
como esta dicha de ahora
que me da tu presencia.

Dame tu mano, inclina
sobre mí tu cabeza
y calla, no me rompas
este paisaje y esta
ternura que se alza
desde ti y se me adentra
por el cuerpo y el alma…
Mírame, piensa y deja
todo así como está
sin besarme siquiera:
el cielo alto y sereno
que sobre el mar se espeja,
en el aire parado
la gaviota que vuela,
y bajo nuestros pies
éste poco de tierra…

Dame tu mano, inclina
sobre mí tu cabeza.
Todo así como está
sin besarme siquiera…

José Luis Hidalgo

 


talles…

cinturas2.jpg

 

A la cintura de una muchacha

Oh, delgado contorno de la vida.
El fluir de la sangre en él acaba.
Oh, columna de luz y ansia de lava.
Volcán para mi mano estremecida.

Límite de la tarde preferida,
bajo un torso de niebla enajenada.
No hay tránsito a la noche enamorada,
pájaro sometido y sin salida.

Oh, ese cerrado cielo en que se unen
el poderoso mare y el labio suave
de la tierra: horizonte atormentado.

Cómo acecha la muerte ese volumen
hermoso, tan levísimo e ingrave.
Oh, la flecha de Dios en tu costado.

Vicente Gaos