El lamento de Dor-lómin

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llamadas…

llamadas

Grito

Pude haber gritado
si no hubiera sido por el cielo.
Pude haber caminado
si no hubiera sido por la tierra.
Pude haber dicho todo
si no hubiera sido por el mar.

El cielo está cubierto de nubes.
La tierra está desnuda, agrietada y polvorienta.
El mar no es nada
comparado con la distancia que hay entre tú y yo.

Henrik Nordbrandt
De “Nuestro amor es como Bizancio” (“Puentes de sueños” 1998)
Versión de Francisco Uriz


festejos…

festejos

 

De Sophía

Entre los bailarines y su danza
la vi cruzar, a mediodía, el huerto,
sola como la voz en el desierto,
pura como la recta de una lanza.

Su idioma era una flor en la balanza:
justo en la cifra, en el regalo cierto;
y su hermosura un territorio abierto
a la segura bienaventuranza.

Nadie la vio llegar: entre violines
festejaban oscuros bailarines
la navidad del fuego y del retoño.

¡Ay, sólo yo la he visto a mediodía!
Desnuda estaba y al pasar decía:
“Mi señor tiene un prado sin otoño”.

Leopoldo Marechal
De “Sonetos a Sophía y otros poemas”

 


otoños…

otoños

 

 

En el corazón del otoño

Este taller dorado, señora,
Si usted suelta sus cabellos,
Su corsé, sus abundantes senos,
Arderá. La Muerte vestida,
Calavera de viejo sombrero,
Con plumas de pato en la nuca,
Vendrá, si usted llora, señora,
Desnuda en el bosque, si llora.
Hermosa señora, qué viento,
Qué viejo ya el día, las flores,
La cera y el vino, sus ojos, señora.
Este taller dorado, señora, es el otoño.

Jorge Eduardo Eielson
De “Doble diamante” Lima, 1947

 


regalos…

regalos

  Entrega

Iré a tus manos, limpia, indemne, sin memoria,
renacida de ti y ajena a lo tuyo,
iré a tus manos casta,
desnuda de tus besos.

Sentirás al ceñirme que una rosa de nieve
insinúa en tus palmas su gélida caricia.
Seré para tu cuerpo el lino apaciguante
que sana y que perdona.

¡Deja que vaya en ti más allá de lo mío,
que abandone mi ser por la gloria del tuyo!
¡Aunque me huyas siempre,
iré a tus manos, muerta!

Ernestina de Champourcín

 


jardines…

jardines

 

El campesino y la princesa

Embrujado jardín.
En un estanque,
desnuda,
te recojo.
Me parece que tengo entre los brazos
otro jardín.

Luis Alberto de Cuenca
De Scholia (1978)


Nudos

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Siempre pensé que el tapiz de nuestra vida
se tejía con los pies
en arabescos, piruetas, saltos
y a veces el suave arrastrar de una planta cansada…
Pensé que los hilos iban naciendo
a medida que bailábamos senderos.
Senderos con nudos donde entretejer
los hilos de cada uno,
cada uno a su paso,
a su ritmo…

Yo te veo usar tus manos
yo te siento usar tu mente
te oigo anudarnos
y rozar la piel de mi alma
con hebras de ti mismo.

Lo que antes de ti era pasear
por un tapiz de nudos pequeños
ahora es
en tus manos
arquear mi cuerpo entero
en palabras que no son corredizas
ni tampoco nudos llanos…

Tú me hablas, gesticulas, ríes, callas…
y yo quedo suspendida
como una dulce hamaca
columpiando todos tus nudos
con cada una de mis venas.

Así, feliz y voluntariamente atada…

Gatita de Mitxel, 6 de julio de 2015


lujurias…

lujurias

 

Jardines de Verlaine

La diosa,
violada por la luz,
agita
la trémula lujuria del recuerdo,

desnuda bailarina de cristal.

Adolfo Burriel
De “Furtivos días” 2005

 


ceremonias…

ceremoniasIshmar

para Martha Iga

La manera de peinarte desnuda
ante el espejo húmedo del baño,
de apresar en la palma tu cabello
para escurrir el agua y agacharte
en medio de palabras que no entiendo;
el acto de secar tu piel, la forma
de sentir con las yemas una arruga
que ayer no estaba, o de pasar la toalla
por la pátina oscura de tu pubis;
el modo de mirarte a ti contigo
tan cerca y tan lejana, concentrada
en una intimidad que a mí me excluye,
son gestos cotidianos de sorpresa,
ritos que desconozco al observar
las mismas ceremonias que renuevas
al calor de tu cuerpo y que dividen
un segundo en partículas: espacios
donde la vida expresa su sentido
posible y que se afirman al peinarte
desnuda en las mañanas, como un fruto
que yo contemplo por primera vez.

Jorge Valdés Díaz-Vélez
De “Jardines sumergidos”


esperas…

esperasTe esperaré apoyada en la curva del cielo…

Te esperaré apoyada en la curva del cielo
y todas las estrellas abrirán para verte
sus ojos conmovidos.

Te esperaré desnuda.
Seis túnicas de luz resbalando ante ti
deshojarán el ámbar moreno de mis hombros.

Nadie podrá mirarme sin que azote sus párpados
un látigo de niebla.
Sólo tú lograrás ceñir en tus pupilas
mi sien alucinada
y mis manos que ofrecen su cáliz entreabierto
a todo lo inasible.

Te esperaré encendida.
Mi antorcha despejando la noche de tus labios
libertará por fin tu esencia creadora.
¡Ven a fundirte en mí!
El agua de mis besos, ungiéndote, dirá
tu verdadero nombre.

Ernestina de Champourcín

 


tentaciones…

cadenas.jpgLas joyas

Ella estaba desnuda, y, sabiendo mis gustos,
Sólo había conservado las sonoras alhajas
Cuyas preseas le otorgan el aire vencedor
Que las esclavas moras tienen en días fastos.

Cuando en el aire lanza su sonido burlón
Ese mundo radiante de pedrería y metal
Me sumerge en el éxtasis; yo amo con frenesí
Las Cosas en que se une el sonido a la luz.

Ella estaba tendida y se dejaba amar,
Sonriendo de dicha desde el alto diván
A mi pasión profunda y lenta como el mar
Que ascendía hasta ella como hacia su cantil.

Fijos en mí sus ojos, como en tigre amansado,
Con aire soñador ensayaba posturas
Y el candor añadido a la lubricidad
Nueva gracia agregaba a sus metamorfosis;

Y sus brazos y piernas, sus muslos y sus flancos
Pulidos como el óleo, como el cisne ondulantes,
Pasaban por mis ojos lúcidos y serenos;
Y su vientre y sus senos, racimos de mi viña,

Avanzaban tan cálidos como Ángeles del mal
Para turbar la paz en que mi alma estaba
Y para separarla del peñón de cristal
Donde se había instalado solitaria y tranquila.

Y creí ver unidos en un nuevo diseño
-Tanto hacía su talle resaltar a la pelvis-
Las caderas de Antíope al busto de un efebo,
¡Soberbio era el afeite sobre su oscura tez!

-Y habiéndose la lámpara resignado a morir
Como tan sólo el fuego iluminaba el cuarto,
Cada vez que exhalaba un destello flamígero
Inundaba de sangre su piel color del ámbar.

Charles Baudelaire

 


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