El lamento de Dor-lómin

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Entre yo y la muerte

                                                              para la música de Jimmy Blanton:
                                                              SOPHISTICATED LADY; BODY AND SOUL

Un fervor te abrasa a veces,
Y tú te inclinas ante él, silenciosa,
Cruel y tímida, y a veces
Estás loca de miedo
Y tu desesperación es contagiosa.
La mayor parte del tiempo nos escondemos en nuestros refugios,
Protegiendo nuestros humores, pretendiendo
Que nuestros vendajes son nuestras heridas.
Pero a veces la rueda del cambio se detiene;
La ilusión se desvanece en paz;
Y de pronto el orgullo ilumina tu carne –
Lúcida como el diamante, sabia como la perla –
Y tu cara, remota, absoluta,
Perfecta y final como la de una bestia.
Es maravilloso mirarte,
Una mujer viva en una habitación
Llena de gente frenética y estéril,
Y pensar en tu encorvado trasero
Bajo tu vestido de terciopelo,
Y el hermoso fuego expandiéndose
Desde tu sexo, quemando la carne y el hueso,
Los increíblemente complejos
Tejidos de tu cerebro vivos
Bajo tu rizado, espléndido pelo.

* * *

Me gusta imaginarte desnuda.
Pongo tu cuerpo desnudo
Entre yo y la muerte.
Si me pongo a pensar
Y prendo fuego a tus dulces pezones
Hasta los tendones bajo tus rodillas,
Puedo ver muy lejos a través de tu cuerpo.
Lo que miro está vacío,
Pero al menos está iluminado.

Sé cómo tus hombros relucen,
Cómo tu rostro cae en trance,
Y tus ojos se ponen como los de un sonámbulo,
Y tus labios de mujer
Que es cruel consigo misma.
                Me gusta
Imaginarte vestida, tu cuerpo
Cerrado al mundo y contenido,
Su maravillosa arrogancia
Que hace que todas las mujeres te envidien.
Puedo recordar cada vestido,
Cada uno más orgulloso que una monja desnuda.
Cuando me voy a dormir mis ojos
Se cierran en una red de memoria.
Su nube de íntimo olor
Sueña en vez de mí.

Kenneth Rexroth
Versión de Marcelo Pellegrini y Armando Roa Vidal


llamadas…

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Grito

Pude haber gritado
si no hubiera sido por el cielo.
Pude haber caminado
si no hubiera sido por la tierra.
Pude haber dicho todo
si no hubiera sido por el mar.

El cielo está cubierto de nubes.
La tierra está desnuda, agrietada y polvorienta.
El mar no es nada
comparado con la distancia que hay entre tú y yo.

Henrik Nordbrandt
De “Nuestro amor es como Bizancio” (“Puentes de sueños” 1998)
Versión de Francisco Uriz


festejos…

festejos

 

De Sophía

Entre los bailarines y su danza
la vi cruzar, a mediodía, el huerto,
sola como la voz en el desierto,
pura como la recta de una lanza.

Su idioma era una flor en la balanza:
justo en la cifra, en el regalo cierto;
y su hermosura un territorio abierto
a la segura bienaventuranza.

Nadie la vio llegar: entre violines
festejaban oscuros bailarines
la navidad del fuego y del retoño.

¡Ay, sólo yo la he visto a mediodía!
Desnuda estaba y al pasar decía:
“Mi señor tiene un prado sin otoño”.

Leopoldo Marechal
De “Sonetos a Sophía y otros poemas”

 


otoños…

otoños

 

 

En el corazón del otoño

Este taller dorado, señora,
Si usted suelta sus cabellos,
Su corsé, sus abundantes senos,
Arderá. La Muerte vestida,
Calavera de viejo sombrero,
Con plumas de pato en la nuca,
Vendrá, si usted llora, señora,
Desnuda en el bosque, si llora.
Hermosa señora, qué viento,
Qué viejo ya el día, las flores,
La cera y el vino, sus ojos, señora.
Este taller dorado, señora, es el otoño.

Jorge Eduardo Eielson
De “Doble diamante” Lima, 1947

 


regalos…

regalos

  Entrega

Iré a tus manos, limpia, indemne, sin memoria,
renacida de ti y ajena a lo tuyo,
iré a tus manos casta,
desnuda de tus besos.

Sentirás al ceñirme que una rosa de nieve
insinúa en tus palmas su gélida caricia.
Seré para tu cuerpo el lino apaciguante
que sana y que perdona.

¡Deja que vaya en ti más allá de lo mío,
que abandone mi ser por la gloria del tuyo!
¡Aunque me huyas siempre,
iré a tus manos, muerta!

Ernestina de Champourcín

 


jardines…

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El campesino y la princesa

Embrujado jardín.
En un estanque,
desnuda,
te recojo.
Me parece que tengo entre los brazos
otro jardín.

Luis Alberto de Cuenca
De Scholia (1978)


Nudos

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Siempre pensé que el tapiz de nuestra vida
se tejía con los pies
en arabescos, piruetas, saltos
y a veces el suave arrastrar de una planta cansada…
Pensé que los hilos iban naciendo
a medida que bailábamos senderos.
Senderos con nudos donde entretejer
los hilos de cada uno,
cada uno a su paso,
a su ritmo…

Yo te veo usar tus manos
yo te siento usar tu mente
te oigo anudarnos
y rozar la piel de mi alma
con hebras de ti mismo.

Lo que antes de ti era pasear
por un tapiz de nudos pequeños
ahora es
en tus manos
arquear mi cuerpo entero
en palabras que no son corredizas
ni tampoco nudos llanos…

Tú me hablas, gesticulas, ríes, callas…
y yo quedo suspendida
como una dulce hamaca
columpiando todos tus nudos
con cada una de mis venas.

Así, feliz y voluntariamente atada…

Gatita de Mitxel, 6 de julio de 2015


lujurias…

lujurias

 

Jardines de Verlaine

La diosa,
violada por la luz,
agita
la trémula lujuria del recuerdo,

desnuda bailarina de cristal.

Adolfo Burriel
De “Furtivos días” 2005

 


ceremonias…

ceremoniasIshmar

para Martha Iga

La manera de peinarte desnuda
ante el espejo húmedo del baño,
de apresar en la palma tu cabello
para escurrir el agua y agacharte
en medio de palabras que no entiendo;
el acto de secar tu piel, la forma
de sentir con las yemas una arruga
que ayer no estaba, o de pasar la toalla
por la pátina oscura de tu pubis;
el modo de mirarte a ti contigo
tan cerca y tan lejana, concentrada
en una intimidad que a mí me excluye,
son gestos cotidianos de sorpresa,
ritos que desconozco al observar
las mismas ceremonias que renuevas
al calor de tu cuerpo y que dividen
un segundo en partículas: espacios
donde la vida expresa su sentido
posible y que se afirman al peinarte
desnuda en las mañanas, como un fruto
que yo contemplo por primera vez.

Jorge Valdés Díaz-Vélez
De “Jardines sumergidos”


esperas…

esperasTe esperaré apoyada en la curva del cielo…

Te esperaré apoyada en la curva del cielo
y todas las estrellas abrirán para verte
sus ojos conmovidos.

Te esperaré desnuda.
Seis túnicas de luz resbalando ante ti
deshojarán el ámbar moreno de mis hombros.

Nadie podrá mirarme sin que azote sus párpados
un látigo de niebla.
Sólo tú lograrás ceñir en tus pupilas
mi sien alucinada
y mis manos que ofrecen su cáliz entreabierto
a todo lo inasible.

Te esperaré encendida.
Mi antorcha despejando la noche de tus labios
libertará por fin tu esencia creadora.
¡Ven a fundirte en mí!
El agua de mis besos, ungiéndote, dirá
tu verdadero nombre.

Ernestina de Champourcín